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Lección de inglés

Las bellas Golden Islands en el sur del estado de Georgia habían sido atrapadas  por el poder del hombre. No fue vano el esfuerzo que pusieron en construir carreteras a través de los pantanos. Ganaron la carrera a la naturaleza y conquistaron el corazón de las islas para apoderarse de la belleza de las aguas cristalinas y saladas del Atlántico.
La carpeta de juncos que pululan en sus enormes ciénagas dan regocijo y paz al osado viajero que se atreve a posar la mirada tratando de recorrer en un vuelo imaginario y verdadero esa maravillosa extensión de resplandecientes tonalidades de verdes. Los cuales, en tiempos de otoño, se tornan en intensos y subyugantes ocres. Las venas azules de sus canales de agua deambulan y zigzaguean entre las plantas formando arterias de navegación en las horas que está alta la marea. Cuando ésta baja, se cierran los ríos y nadie imaginaría ver nuevamente el juncal sólido y omnipotente. El hombre creó los senderos para poder mojar sus rostros, chapotear sus risas y mezclar en el frío líquido sus lágrimas de agradecimiento por permitirle compartir visualmente la grandeza del encanto de la naturaleza.
Muchos años antes, negros esclavos habían sido traídos injustamente a estas tierras para desempeñar duros trabajos en los cultivos de arroz, tabaco y algodón. Los puertos del sur de los Estados Unidos habían sido los accesos de estos desdichados viajeros.
La ciudad de Brunswick, «Capital del Camarón» en su época dorada, fue cuna de astilleros famosos, plantas procesadoras de pescados y mariscos. Allí era donde la familia de Meredith habitaba y donde ella lo conoció.
Tobías por su parte venía también de lejos disparando del hambre, originario de un pueblo en el estado de Guerrero en México.
Su familia tenía como sustento la producción mínima de maíz, pero no existían compradores pues los pocos habitantes a la redonda habían huido en busca de un mejor pasar. El estado de Georgia fue donde apuntó su corazón pues tenía unos primos que trabajaban ahí en una compañía de jardinería. Allí se encaminó después de pasar varias noches sin dormir en el desierto tratando de esquivar las patrullas fronterizas. El coyote como vulgarmente se les conoce, los guiaba a costa de sus billetes gordos. Era un desalmado y no le importaba la vida de éstos pobres infelices. Si llegaban a destino o no, daba lo mismo, eran muchas las personas que quedaban en el desierto para comida de buitres y otras aves de rapiña. Si morían algunos no importaba, sabían que vendrían más y traerían otra vez dinero fresco.
El individuo los había hecho cruzar el turbulento río agarrados a una cámara de automóvil. Las traicioneras correntadas acosaban y tres perdieron la vida en el intento. Allá se fueron río abajo, esa fue la tumba de los pobres desgraciados. Partieron sin despedirse y sin que nadie osara decir ni gritar sus nombres por temor a ser descubiertos. Las lágrimas de los que quedaron asidos al rudimentario flotador se mezclaron con el agua sucia del río.

Meredith era una mujer con tres desengaños amorosos de una vida llevada con desorden, había sido usada por los hombres que habían llegado a su vida para, solamente con mentiras, usar su cuerpo frágil de entonces. La blancura de su tez despertó en  los jóvenes del pueblo el deseo incontrolable de poseerla. Ella  ignorante siempre pensó que venían también por su corazón, pero se había equivocado. Esas desilusiones la habían transformado en una mujer fría y calculadora, su peso había aumentado considerablemente y aquella belleza de otrora había sido dañada por la ingesta despiadada de comida chatarra, proveniente del restaurante de comidas rápidas donde trabajaba. Ella comía para herirse, comía para dañarse y comía para purgar de alguna forma esa vida vacía y carente de  esperanza. Se había tornado despiadada con el sexo opuesto y así lo demostraba en el trato con compañeros y clientes que se cruzaban en su camino. Mala, ácida, fría como su soledad, iba por la vida, sin esperanza, sin cariño, sin nada.
A Tobías le dolía todo el cuerpo, recién era mediodía y ya habían trabajado en seis jardines diferentes. A pesar de su cansancio se sentía contento, por lo menos tenía trabajo, ahorraba todo lo que podía y mandaba una ayuda para su familia allá en Guerrero. Cada remesa de dólares que partía hacia México, era motivo de orgullo y satisfacción para él y alimentos para sus tres hermanitos y su madre.
Tobías tenía una peculiaridad, su sonrisa estaba siempre a flor de labios, siempre, hasta cuando él decidió tomar el camino del riesgo y de la muerte al atravesar el río. En esos días todos iban asustados, él era el único que sonreía.
Entró al restorán y con su pésimo inglés trató de hacerse entender, Meredith lo miró con sorna y le hizo aún más difícil la vida al preguntarle tres veces lo que quería, simplemente por maldad, pues el vocabulario de una tienda de hamburguesas es siempre el mismo. “Hamburguesa, papas fritas y refresco”. Tobías jamás perdió su sonrisa.
Ella fastidiada le entregó su pedido. Sin perder la sonrisa recogió su comida y se sentó en un rincón. “A esta gringa le hace falta un cariño” pensó para si, y no se enojó ni frustró, comía despacio y la miraba intentando adivinar el motivo de aquél trato tan cruel. No era el racismo que a veces presentía. Élla se dio cuenta de la insistente mirada de Tobías, la sonrisa del hombre de Guerrero la cautivó y trató de sacárselo de la cabeza y no pudo. Sola, más sola que nadie, pensó que hacía mucho tiempo que no tenía el calor de un hombre en su lecho. Y se correspondieron las miradas.
Cuando Tobías terminó su trabajo fue de nuevo a comprar un café y algo para comer. Ella salía de trabajar. Se cruzaron y entablaron un diálogo imposible entre los dos. Uno hablaba solo inglés, sureño, cerrado. El otro español, pobre también, por ser éste la segunda lengua de Tobías. En el rancho hablaban dialectos, aprendió español en la escuela,  inglés era su tercera lengua.
Se fueron juntos a la casa móvil de Meredith. A los tres días Tobías recogió sus cosas y se marchó de la pieza que compartía con otros tres amigos.  Nadie pudo comprender, pero así vivieron largo tiempo, solo se entendían en la cama.
Meredith no había cambiado su carácter, tenía un hombre a su lado que la complacía como nadie lo había hecho hasta ahora, pero no lo respetaba, se reía de Tobías con sus compañeras de trabajo. Decía que era un ignorante por no hablar inglés.  En ella afloraban siempre pensamientos negativos para un hombre tan noble y amable como Tobías. Él hasta recogía el correo cada día. No podía leer inglés pero le traía la correspondencia, hacía la limpieza de la casa y lavaba los platos. Ella no cocinaba, él hacía sus tacos mexicanos, Meredith los devoraba.

Una mañana Tobías le hizo entender que estaban pidiendo documentos legales en la compañía y Meredith decide casarse para que pudiera regularizar su situación en el país. Para ella no fue ni amor ni conveniencia, simplemente una firma careciente de valor. Para Tobías fue como tocar el cielo con las manos. Podría seguir trabajando, hasta algún día quizás iría a visitar su familia. Pasó el tiempo y el trato de Meredith seguía siendo ácido con Tobías.

Corría el mes de Agosto, Meredith se despertó a media mañana en su día libre, había mirado televisión hasta tarde. Un calor le encendió las mejillas, no sabía lo que era esa sensación, pero sentada en la cama pensó en Tobías. Se dio cuenta que el hombre que tuvo a su lado la noche pasada tiene la sonrisa más cautivante del mundo, que ha sido tan bueno con ella como jamás otro lo ha sido, que ha hecho el esfuerzo por complacerla en todo, que le lleva el café a la cama y que le dice palabras que ella no entiende al oído cuando hacen el amor, pero que le gustan. Sacó la conclusión que es un caballero tierno y que con sus manos rústicas le ha dado caricias tan tiernas como jamás nadie lo ha hecho. Y llega a la realidad que esta enamorada. Antes nunca se había dado cuenta y siente la necesidad de gritarle al mundo que lo ama, que realmente ama a Tobías como jamás amó a nadie.
En la tarde apronta la mesa, está realmente feliz, busca en unos cajones y encuentra un par de velas, pone la mesa para dos tratando de ser romántica. Es la primera vez que se siente así y arregla unas flores en un jarrón abandonado por mucho tiempo en una alacena. Busca en la heladera unas tortillas de maíz, y comienza a fritar cebollas y morrones para tratar de emular la comida favorita de Tobías. Luego de cocinar se prepara con su mejor vestido y saca también el olvidado perfume del primer cajón de la cómoda. Está de punto en blanco esperando a su hombre. Ve por la ventana que la camioneta de Tobías se acerca. Éste se apea, se detiene en el buzón como todos los días, recoge las cartas. Abre la puerta y se encuentra con su mujer con una sonrisa gigante y una rosa en el cabello. Tobías no entiende nada, pero sin dejar de sonreír la saluda en español y ella le contesta en inglés mencionando que tiene algo que decirle. Tobías mira la mesa y con una sonrisa aún más grande va hacia el cuarto. Ella queda radiante porque realmente sorprendió a su marido y más se va a sorprender cuando le diga lo que siente su corazón.
Tobías sale del cuarto sin perder la sonrisa. Ella comienza a decirle lo que su alma descubrió. La mira y ella ve en él también ojos de enamorado. Tobías también tiene una sorpresa para darle. Enfila hacia la puerta, Meredith lo mira atónita, no entiende. Antes de llegar a la puerta con su mano izquierda Tobías palpa el bolsillo donde está la carta recibida el día anterior con la tarjeta verde que lo convirtió en residente legal en el país. Sin perder la sonrisa, mirando a Meredith a los ojos y dejando ver los dientes blancos e inmaculados le dice
-¡Good-bye!   Tobías había comenzado a aprender inglés.

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