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Ternura verde limón

En mi pueblo a los quince años ya entrabas en el largo camino de la incertidumbre. No era edad suficiente para lograr trabajar en la fábrica de azulejos Olmos. Hasta los dieciocho tampoco había chance en la compañía ferroviaria. Las posibilidades eran bastante nulas. Por lo tanto lo que quedaba era estudiar o trabajar en algún comercio, chacra, viñedo o granja de las inmediaciones esperando sentado la mayoría de edad.
Estudiar era posiblemente la mas acertada. Tuve la oportunidad de hacerlo pero hubieron diferentes factores que me lo impidieron, por lo tanto esa opción no la pude aprovechar. Para un joven las oportunidades que restaban no lograban despertar mucha atracción ni entusiasmo. Estar agachado al sol con una azada no tenía gran encanto.

De todas maneras incursioné en aquellas tareas zafrales en la chacra de los Martínez o en las tierras de Agustín Fernández en el kilómetro 48 de la vía férrea con destino a Minas. Aquellas famosas “plantadas de boniatos de sol a sol”, como les llamaban en aquel entonces. Mientras enterrabamos los jóvenes brotes de boniato en el surco pensábamos si ya sería la hora de disfrutar de la merienda. Sabíamos que cada 3 o 4 horas aparecían las señoras de la casa en el tractor con pan casero calentito recién horneado. Traían para acompañar el manjar mate cocido, riquísimo, que nos era servido en unos jarros esmaltados de colores opacos. Esa delicia la disfrutábamos despacito bajo un antiquísimo Nogal. Comíamos lentamente para saborear esas delicias pero también para enlentecer el recomienzo de la plantada.
¡Vamos, Vamos!- Gritaba Agustín… ¡De otra manera estos gurises se van a aburrir!
El hombre les gritaba con la misma fuerza a sus bueyes. Estos, descansaban de ojos cerrados bajo la sombra casi fresca del hermoso árbol. Los nobles y gigantes animales portaban unos nombres muy peculiares. Uno se llamaba «Cuandovengas «, el otro «Quieroverte».

Obedeciendo a Don Agustín nos levantábamos con pocas ganas a cumplir nuestra labor, los bueyes lo hacían de la misma manera. Seguíamos sudorosos pero contentos pensando en el sonido que harían algunas monedas en el bolsillo cuando agarráramos algún pozo con la bicicleta en el camino de regreso al pueblo.
¡Por lo menos pal’ baile del Trébol va a alcanzar! Decían algunos.
Pedaleábamos hasta esos campos productivos de la zona donde vivíamos. Mezclándonos con gente de las inmediaciones, sazonados obreros del terrón; con la piel curtida por el sol y el viento. Rostros cansados, cuarteados como el suelo de esa árida zona resquebrajada por el calor de nuestros veranos. Gente de campo que había estado durante toda su vida en contacto con las riquezas del terruño. No tendrían nuestras opciones en ningún momento de su vida, ni jóvenes ni viejos. Habían trabajado con orgullo desde niños y lo seguirían haciendo hasta que sus fuerzas se aplacaran, era su destino los sabían desde muy chiquitos. Sus abuelos lo habían hecho, sus padres también.

Nunca dejé de reconocer la nobleza de esas arduas tareas sintiendo admiración y respeto por nuestros hombres que lograban todos los días del año arrimar un pedazo de pan a sus hijos cumpliendo esas cansadoras y largas jornadas. Mi padre me había inculcado a fuego que «todo trabajo es digno si se hace con dignidad» El trabajo del hombre de campo es y será orgullo de mi querido gran país.
A lo mejor hubiera sido fácil seguir el ejemplo de mis dos hermanas. Maestras recibidas, aplicadas e inteligentes. Yo las veía marchar impecables con sus túnicas blancas, y porta folios marrones en sus manos llevados con el mayor orgullo. Las admiraba en silencio. Quizás hubiera tenido oportunidad de haber estudiado, mi padre me hubiera ayudado. Pero no se dio así.
El momento ideal hubiera sido cuando vivía con mi madre en la capital pero yo quería regresar al pueblo. Mi alma se encontraba en sus calles. Mi niñez fue tremendamente feliz, mi adolescencia no lo fue. Quería volver a ver a mis amigos, a compartir con ellos, a disfrutar, a comer dulce de leche que en casa de mi padre siempre había. Quería volver a encontrar mi destino, y quizás al amor de mi vida. Allí era lugar de milagros, otros anteriormente se habían echo realidad.

Empecé a trabajar en la barraca de Bentancor en esa época.  Era trabajo sucio, todo el día olías al gas de las recargas de las garrafas. Si limpiabas los colorantes para hacer las baldosas te pasabas la vida como que tuvieras ictericia, siempre amarillo por el maldito polvo.
Despachábamos nafta, cargábamos mezcla y cuando faltaba media hora para irte y estabas muy cansado, escuchabas:
Esta llegando Julio con el camión lleno de bolsas de cemento Portland!
Las malditas bolsas pesaban 50 kilos cada una, y el alma se te iba al piso. En el fondo de la barraca había una prensa manual de fabricar baldosas. El viejito Ramos ponía la mezcla, arena, cemento y el colorante, empujaba la bandeja cuadrada hacia el centro de la prensa y dándole un soberbio tirón a una cuerda hacia girar una rueda gigante horizontal. Era como un tirabuzón, giraba y bajaba con todo su peso, prensando el material en una lisa y perfecta cuadrada baldosa. La arena que se empleaba tenía que estar seca por lo tanto la sacábamos por las mañanas a la calle en carretillas y la desparramábamos en la avenida de hormigón para que se secara al sol. En la tarde la barríamos, la entrabamos para cernirla y aprontarla para la próxima producción de baldosas.

Languidecía la calurosa tarde teniendo como compañera una suave brisa que apenas movía las hojas del gigante paraíso frente a la barraca. Sobreviviendo una de esas perezosas barridas de arena, yo también me aletargaba.
Levanté la vista del caliente hormigón y fue cuando la vi.
Venía caminando sin apuro  “Va a tener que pasar a mi lado” pensé con el corazón acelerado.  Lucía un vestido de Pana color verde limón y lucía zapatos negros. Estimé que su estatura era un poco mas pequeña que yo. Traía algo en la mano, cuadernos o que se yo. No me importaba ver lo que llevaba. Tenía todo lo que a mi me gustaba en una mujer. Calculé que tendría trece años mas o menos, mi corazón nuevamente aceleró sus latidos.

Tendrá que pasar a mi lado”,  murmuré. Se me hicieron eternos los segundos. Quería que se apurara para verla de cerca esforzándome en barrer la arena mas lentamente. Caminaba con su cabeza levemente inclinada al igual que su mirada. Se acercaba, cuando estaba a dos metros de mi, levantó su rostro y me miró.
Creo que en ese momento una llama amarillita se encendió en mi alma de emoción.
Su rostro… el más dulce que yo había visto en mi vida. Sus ojos me cautivaron por su ternura, su mirada era cálida con un dejo de vergüenza, se ruborizó quizás de saber que su corazón también en ese momento le latía con la misma velocidad que el mío. Su casi sonrisa a punto de amanecer fue una atracción inesperada, fulminante. Nos miramos intensamente sonriendo tímidamente y lo supimos a la vez.

Sentimos una presencia en el gigante paraíso, los dos simultáneamente levantamos nuestra miradas hacia el árbol y lo vimos allí en la rama mas alta.
Parado en una horqueta estaba Cupido, el niño ángel de pelo enrulado. Nos miramos a los ojos profundamente una vez más sin mediar palabras, y volvimos a levantar la vista hacia las ramas. Él nos contemplaba sonriendo. En su mano derecha solo tenía el arco.
Las flechas de verdad, las del amor ya las había lanzado…éstas habían atravesado nuestros corazones

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