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Remiendos de viento

Remiendos de viento
El rayo de sol entraba silencioso por la rendija en la pared norte del rancho. Se había adueñado de aquella grieta causada por el resquebrajamiento de la greda debido al paso del tiempo. Dentro de la humilde cocina, el haz dorado e invasor, formaba un lamparón oro viejo en el suelo de tierra.
Detrás de la puerta de dos hojas de madera desvencijada, una escoba, hecha con ramas de chircas, se apoyaba en su mango retorcido de vara de acacia. Por los nudos en su empuñadura, parecía, la típica herramienta de una bruja en descanso.
En aquella cocina lúgubre y hedionda, agonizaba contra la pared, una pila de leña seca y llena de telas de arañas. Los palos añejos esperaban su suerte, sin ambicionar otro destino del que ya tenían estipulado. Terminarían  achicharrados en la panza de la cocina, mezclados con otros infortunados de su misma especie compartiendo aquel lecho de cenizas y muerte. Los leños agonizaban tan abandonados, como la vida misma que allí habitaba.
Arriba de una de las hornallas, reposaba una caldera de lata tiznada por las incontables lamidas del humo. En su vientre portaba su carga de agua no potable, traída dos días atrás desde la cachimba cercana. Ella, como si tuviera vida propia, a pesar de estar abollada por los años y por el maltrato, esperaba que Aurora encendiera un fósforo en las ramas resecas para tratar de lograr la ebullición. Por lo menos haría algo diferente en aquella monotonía, aunque sea rompería el silencio con el silbido del vapor saliendo de su pico negro y mugriento. Además, aportaría algo útil, mataría con la graduación de calor cuanto microbio hubiera venido en su viaje original.
La mesa de madera tenía huellas de tajos en su superficie, quizás, debido a las puñaladas salvajes de las tantas picadas de carne de cerdo en una y mil carneadas producidas otrora. Ahora, las vetas bien marcadas estaban empercudidas por la suciedad de la harina seca, las hendijas marrones parecían cunetas barrosas de pueblos abandonados.
Una silla de totora deshilachada, cobijaba, en su sueño aburrido de una vida sin gloria, a una vieja gata barcina, cuyas orejas, estaban marcadas por peleas o desenlaces amorosos con algún gato macho pendenciero, que le había hecho el amor de guapo con su consentimiento o sin él.
En la mitad de la pieza contra una de las paredes, un armario de madera con dos puertas entre abiertas dejaba ver el desorden que cundía allí dentro. En su parte superior en un  compartimiento, se apilaban cuatro o cinco platos, dos tazas, una de ellas sin asa, y alguno que otro cacharro para cocinar.
Contra la ventana, dos ollas esmaltadas pendían de un clavo herrumbrado. Arriba de la cocina a leña el humo había formado con el paso de los años, oscuras figuras siniestras contra la pared de adobe. Todo allí dentro era desorden, silencio y abandono.
Del lado de afuera, el paisaje no era más alentador… unas rejas de arar amarronadas por el oxido se apoyaban contra una de las paredes del rancho. Reposaban allí sin otro cometido que ser punto de reunión de gorriones y chingolos. El pasto ya casi llegaba a la ventana, hacía años que los alrededores no veían la mano del hombre empuñar una hoz. Pilas de leña en descomposición, guarida de roedores, esperaban el paso del tiempo para llegar a la desaparición total.
Un ombú mediano crecía nacido allí por equivocación. Quería sin lograrlo, tocar con sus ramas el rancho como para aliviar la soledad que lo caracterizaba. Todo el panorama era desolador.
Cándido Melgarejo se había marchado de Fray Marcos ya hacia muchísimos años, no aguantó más aquella parsimonia, ni la falta de alegría de su mujer. Nada la complacía, todo la entristecía. Decía que no podía estar sola, que cuando él se iba a las arreadas de ganado ella creía morir en vida. Vivía llorando, solamente quería estar con él. Pero cuándo el gaucho regresaba ella actuaba igual de sombría. Cándido no la podía entender a pesar de saber que esa mujer lo amaba más de lo ,
Todo cambió el día que el tropero conoció a una prostituta de Sarandí del Yi, Leonor, la mulata, le decían. Esa hembra le había envenenado la sangre, el hombre no podía dejar de pensar en ella, daría lo que tenía o no con tal de que fuera solamente suya
Ella lo había tratado como nadie antes, en la cama y en la vida. Lo esperaba en la pieza hasta con la comida, lo trataba mimosamente pero con el mayor respeto, éste era tal que jamás se tutearon. Se besaban y se hablaban de usted. Ella decía que así le habían enseñado sus padres. Le ganó por lejos el corazón al hombre aunque también le advirtió en un par de ocasiones que se apurara a tomar la decisión, pues había otra golondrina que andaba revoloteando su primavera.
Un día se levantó de madrugada y aprontó el caballo, agarró sus ropas e hizo un atado, total no tenía muchas y arrancó al tranquito nomás. Nunca más volvió.
Habían pasado treinta y dos años y Aurora lo esperaba siempre… siempre.  Sentada en la cocina mugrienta, zurcía, la única bombacha campera que Cándido no había llevado por que ya era irreparable. Ella zurcía y volvía a zurcir…
Con la espalda doblada por los años y por la costura todos los días trabajaba en aquella prenda de faena que ya no tenía arreglo. No se sabía ni de qué color era. Pero, era la vestimenta de su hombre, ella quería esperarlo… siempre lo esperaría.
En tiempos pasados, Aurora tenía un ritual, jamás tuvo miedo de noche y trataba de estar despierta hasta que Cándido regresara. Cuando él llegaba le daba unos nueve golpecitos con sus nudillos en la puerta a pesar de estar siempre destrancada.
Ella se hacía la dormida y él la despertaba besando su boca con aquel sabor a tabaco, aguardiente y a hombre. Ella fingía que recién despertaba y comenzaba aquel juego libidinoso.
A Aurora jamás le había ocurrido algo parecido en su vida, él había sido su primer y único hombre. Al día siguiente le entraba nuevamente la parsimonia. Esa era su manera de ser y no la cambiaría jamás.
¿Cómo lo iba a olvidar ahora?… no podía, ella lo esperaba, hasta que la vencía el sueño…  zurcía la misma bombacha y esperaba. Por algo le había jurado amor eterno.
Esa noche estaba oscura, tan “negra como boca e’ lobo”, la sudestada había comenzado a azotar despiadada, el ombú se hamacaba crujiendo. El rancho de adobe había aguantado inclemencias más fuertes que aquella, Aurora lo sabía.
Tenía un presentimiento, el mismo de todas las noches, el pensamiento la tenía contenta. Con sus sesenta y tres años se sentía feliz a pesar de que el viento no amainaba, se percibía el bramar del maldito mezclado con la lluvia en las ventanas. Ella, sentada en la mesita con el candil, miró el costurero y vio con alivio que aún le quedaban cuatro carreteles de hilo.
Tendría suficiente por mucho tiempo, como para poder seguir remendando la tela. Eso le dio alivio a su mente y esbozó una sonrisa. Cuándo se cansó de coser y ya sus ojos le pedían un respiro, decidió acostarse. El vaticinio le ardía en el pecho.
No hacía mucho rato que había cerrado sus ojos cuando sintió los golpecitos en la puerta. Ella lo presentía, se hizo la dormida y sintió los labios de fuego del hombre que le quemaban los suyos. Sabía que él iba a volver, el viento aullaba un poema de amor en las ramas. Se durmió en sus brazos, se sintió bien, el augurio se le había hecho realidad.
A más de ciento veinte kilómetros de allí también el viento y la lluvia rugían, éstos estaban empecinados en destrozar todo a su paso. La mulata tenía sus años pero no había perdido su brío y su belleza de entonces, se acurruca en los brazos de su amado y le susurra al oído con miedo:
¿Le parece que aguantará el quinchado?
Esa quincha la hice yo, Leonor, no tenga miedo y duerma tranquila, hágale oídos sordos al temporal.
¿Está seguro?… parece que se va a volar todo, con nosotros adentro.
Duerma, le digo, acuérdese que los viejos dicen que “el viento enloquece a la gente”.
¿Sabe una cosa, Cándido, no solo el viento enloquece a la gente… el amor también.
Besando al hombre en los labios se cobijo aún más en sus brazos.
La sudestada siguió soplando con fuerza en el rancho de Aurora, agitando una rama de ombú… la cual daba golpecitos continuos en la puerta.
Aurora no los escuchó más, se había dormido enamorada.
Cuatro días después del vendaval del 20 de Abril del 1970, el cual, al otro día se había transformado en tornado, vecinos y policías retiraban pedazos de lo que había quedado de uno de los ranchos siniestrados. Parte del techo había volado, el resto, junto con la paredes se convirtieron en escombros. Casi al anochecer pudieron retirar los últimos palos de la quincha, y lo que quedaba del techo de paja.
Comisario, encontramos a la pobre mujer, estaba en la cama, creo que pasó de un sueño a otro. Menos mal que vinimos, había una gata barcina muerta de hambre, creo que alcanzó a meterle el diente a la vieja, tenía unos desgarros en las piernas.
¿Cómo, así que murió en la cama? pobre mujer, pero…
Dice la vecina del campo lindero que vivía sola y no hablaba jamás con nadie, se llamaba Aurora, que estaba loca y yo creo qué si, mire…
¿Cabo, por qué dice eso, usted qué sabe?
Comisario, la encontramos abrazada, como si fuera un tesoro, a una bombacha de gaucho batarása  qué no le cabía ni un remiendo más…Usted  saque cuenta…pobrecita, qué Dios la tenga en la gloria.
( Extraído del libro Sedimentos de un viejo mar de Buby Aguirre)

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