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Mate de cascarilla

Mate de cascarilla

Sobrevivíamos con mi vieja en la calle Ganaderos a media cuadra de Avenida Garzón, el año 1962 pateaba su suerte por las calles de Montevideo exactamente igual que nosotros. Mis viejos se habían separado y me tocó marchar con mi madre pa’ la capital. El pueblo de la niñez había quedado atrás pero no afuera de mi corazón, sabía que cuando hubiera una oportunidad regresaría a él. Creo que le pedí al cielo con tanta fuerza que me permitiera regresar que, por aburrimiento, los dioses no tuvieron más remedio que complacerme, o lo hacían o los dejaba sordos con mis ruegos. Años mas tarde regresé, pero eso ya es otra historia.

Mi madre siempre decía, “el hoy hay que vivirlo hoy, el mañana… veremos”, siguiendo ese pensamiento, me dispuse a ser feliz en aquel inmenso Montevideo que era totalmente nuevo para mi. Habitábamos un par de piezas diminutas y alargadas, era el apartamento del medio de un conjunto de tres. La propietaria vivía en el frente, los seguíamos nosotros y el tercero lo habitaba un matrimonio ya veterano y silencioso. La dueña era una gallega vieja, chiquita y chueca como una cotorra se llamaba Encarnación, era amarga pa’ los pesos decía mi madre. No se si era tan así o era que ella en un nuevo comienzo en su vida andaba haciendo malabares para pagar el alquiler. Las piezas se sucedían y tres familias cabalgaban sus suertes y desconciertos compartiendo un solo baño afuera de las tres consecutivas puertas. Si llovía te mojabas. Si alguien llegaba antes, mala suerte, a la cola como en Subsistencias. Encarnación habitaba la casa del frente con el Pocho su hijo que aparecía muy de vez en cuando, en una moto Jawa roja de 1950. Se jactaba de su suerte con sus dos ruedas y nos ensordecía en cada visita, pues la entraba con el motor en marcha hasta el costado de nuestra puerta. No supe lo que hacía con su vida, yo era un niño cuando el era ya un hombre, lo único que supe era que el Pocho degustaba, relamiendo sus bigotes como los gatos, las exquisiteces de comida con las que Encarnación lo esperaba.

Los sabores y olores de La Coruña natal inundaban el ambiente y yo me sentaba afuera en el suelo al lado de nuestra puerta solo para tener el placer de disfrutarlos. La gallega nunca me convidó ni siquiera con un pedacito de nada, tampoco jamás le pedí, pero si se los olí toditos. Por una ventana escapaban desde su cocina hacia el patio aromas desconocidos pero increíblemente deliciosos. Imagino ahora que serían paellas típicas de su pueblo. Aquellas comidas traían desde el viejo mundo enganchadas en sus lejanas e imaginarias redes el aroma de calamares, almejas y mejillones, bañados en caldos coloridos donde los ingredientes eran todos y cada uno de ellos resaltado y ruborizados a la vez por el perfume y la magia incomparable del ajo y el azafrán. En mi casa, mi madre recién comenzaba su nueva aventura por la vida y yo iba prendido de sus dedos. No teníamos la suerte de poder tener en la mesa todas esas exquisiteces. Cuando mamá cobraba unos mangos en el registro al entregar sus prendas de lana, el manjar favorito mío era sin lugar a duda las milanesas de carne picada. Pero la mayor parte del tiempo la plata que entraba de sus trabajos no alcanzaba y el mate de “cascarilla” era el plato principal del día, ésta era la famosa infusión que le echaba mano la gente con escasos recursos para alternar con el mate. La cáscara del cacao era bien barata solo bastaba agregarle agua caliente y junto a unos pedazos de pan la panza agradecía su llegada. Claro que si pasaban los días y el menú se repetía llegaba a cansar un poco. Había veces que el solo olor causaba malestar pero… Con la vieja formábamos un dúo musical bastante bueno, cuando quedaba poca agua en la taza hacíamos sonar las bombillas fuerte aprovechando los últimos sorbos dulces, el ruido nos arrancaba risas en una situación que de otra manera hubiera sido un tanto triste. Esas cosas tenía mi madre, sacaba positivismo de donde pudiera para complacer un gurí con hambre.

Sabía que la vida iba a mejorar cuando la veía marchar con las gigantes bolsas de plástico repletas de prendas inmaculadas cuidadosamente dobladas. Era un trofeo para ella, salir a tomar el ómnibus con su creación. Había pasado noches enteras moviendo el carro de la vieja Kubler; la pobre máquina de tejer ya no quería mas y solo mamá la hacía marchar. Punto por punto, carrera por carrera hasta que la prenda nacía de la unión de diferentes piezas de aquel rompecabezas de lana. La miraba desde el murito del frente de la casa hasta que llegaba a la parada, desde allá me tiraba besos con su mano hasta que subía con dificultad los escalones del ómnibus con las bolsas. Se iba orgullosa con su carga para el registro de Yaffe a pelearse con el turco Elías, uno de los dueños. Como todo turco era bravísimo en cuestiones de plata, siempre les quería quitar unos vintenes a las viejas tejedoras. ¿Que nos vas a quitar? Si sos brujo solamente …decían ellas. Las viejas eran unas leonas se le paraban de punta y el turco no tenía mas remedio que aflojar los pesos.

En unas horas reaparecía la vieja con las bolsas repletas de madejas de lana, el ciclo recomenzaría. Los pocos billetes y muchas monedas revoloteaban en su cartera y sabíamos que las milanesas de carne picada estaban más cerca de lo que yo pensaba, ya ella venía con la carne en su bolsa. Me relamía los bigotes como los gatos o como el Pocho.

Su abrazo era el regalo más importante, parecía que hacía meses que no nos veíamos. Y ella me enseñó con su vida tantas cosas, muchas veces solo con ejemplos: Traté de aprender a sacar felicidad de situaciones que no lo eran, me di cuenta que en el mundo hay posibilidades, hay otros destinos, hay otros caminos, hay otros amores. Que si algo no funciona, hay que intentar otra cosa. Que descruce los brazos y utilice mis manos en un nuevo emprendimiento. Que arriesgue. Que hay que mirar hacia atrás de vez en cuando para no olvidarse. Que hay que querer lo que se quiso y hay que querer lo que se quiere. Que hay que abrazar y susurrar un …”te quiero…” Que las milanesas aunque ricas no son tan especiales y que el mate de “cascarilla” si lo es, porque mata el hambre. Que hay que ser agradecido y sobre todo que hay que amar lo que uno hace, con fuerza, con ganas, con coraje. Y me enseñó que si soy consciente de que algo es inalcanzable, abriera bien grande mi nariz por que si por alguna razón no puedo degustarlo por lo menos poder disfrutar intensamente el perfume de cada ingrediente que tienen la suerte de componer para mi la hermosa, placentera, desconocida y atractiva paella… que es la vida.

( Extraído del libro A los saltos por la vida de Buby Aguirre)

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