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Los ocres del hechizo

Los ocres del hechizo

Verónica caminaba apurada con su hija por la Avenida Agraciada. El Paso Molino despertaba de su siesta habitual. Era allí, en sus coloridos escaparates, donde explotaban las ofertas de la capital uruguaya. Iban con prisa, se les hacía tarde, y aún le quedaban compras importantes para hacer.
La joven iba absorta en sus pensamientos, dejándose llevar por su cuantiosa imaginación, su cabeza soñadora no estaba atenta a la más ínfima reacción de parte de ningún individuo de los que formaban el millón de transeúntes que pululaba por doquier. Trataba de no pensar en su reciente desengaño.
Sin lugar a dudas, a Natalia, no le agradaba salir con su madre, era una eterna discusión por la mínima causa. Hasta llegó a pensar que el solo propósito de su madre era tener una eterna competición con ella.
Al llegar a su zapatería preferida, la señora ingresó quedando ella en la vereda.
¿No vas a entrar, Natalia?
Prefiero esperarte acá, mamá, tomate tu tiempo-dijo, pensando que le haría bien estar unos minutos sola.
En ese momento fue cuando la deslumbraron unos destellos que provenían desde la vereda. La vio y quedó a merced de ella.
La gitana, con su pollera multicolor, había abierto su paño frente al cine Copacabana. Muchas arrugas llenaban su frente, vetas sanguíneas adornaban sin esperanza un rostro curtido por el sol, y una enorme nariz aguileña le daba un aspecto misterioso y escalofriante a la vez.
Enfatizaba el cuadro de esa peculiar mujer, una penetrante mirada de águila. Sus cacharros expuestos sobre la vereda, producían luminosos reflejos. Los cuales rutilaban brillantemente los colores ocres del cobre.
Daba la sensación de estar presenciando un arco iris constante desbocado de magia, misterio y encanto.
Dos pequeñas estatuillas de madera se movían vertiginosamente entre los dedos de su mano derecha. Con un cerrado acento extranjero ofrecía a los transeúntes sus servicios. Pregonaba su experiencia con insistencia, ofreciendo predecir el futuro o leer las líneas de las palmas de las manos.
Cuando la vio dijo:
¡Natalia, acércate!

Ella quedó estupefacta por la acción de la gitana. “¿Cómo supo su nombre?” Se susurró a sí mismo en voz baja.

Natalia, no te preocupes por el desengaño con Oscar, ese hombre no valía nada, el destinado para tu vida está llegando a ti, es alguien mayor que tú, pero que te dará seguridad y tanto amor como el que jamás podrás encontrar de parte de nadie.
¿Pero, pero, cómo supo?…dijo sin salir de su estupor.

Shhhh…¡Dame 100 pesos y te digo todo lo que necesitas saber!
Las figuras de madera, un hombre y una mujer, seguían danzando vertiginosamente entre los dedos rústicos y largos de la gitana.

En la acera opuesta, descendió de un ómnibus un hombre que peinaba algunas canas. Con mirada perdida y curiosa a la vez, observaba con lujo de detalles todo lo que lo rodeaba. Había llegado al país hacía una semana. Esa tarde había sentido la necesidad imperiosa de recorrer su barrio, sus calles, volver a sus raíces. Ese sentimiento lo tenía realmente arraigado en su noble corazón. Sus amigos más de una vez habían dicho que cuando te vas es necesario olvidar el pasado. El discrepaba totalmente sobre esta hipótesis y defendía a rajatabla lo contrario. Con empecinamiento siempre enfatizaba que uno jamás debe olvidarse de sus orígenes.
Regresaba a todos aquellos lugares que habían sido importantes para el, como el viejo edificio de liceo numero dieciséis, el otrora Bauzá viejo.
Cruzó la calle sin voltear la vista, quiso admirar lo que quedaba del edificio del cine.
Al descubrir la silueta de Natalia, ni siquiera se cercioró si venía algún vehículo. Fue más fuerte que él admirar la belleza de la joven. Quizás la forma de vestir del hombre, su prestancia, había algo, que ella notó diferente. Natalia sintió una fuerza desconocida que la obligó a mirar al hombre que cruzaba la calle.
La gitana susurró en el oído de Natalia.
¡Ese es el hombre de tu vida!
Giró bruscamente, asustada con la hechicera, pero eso no impidió ver que él le sonreía; no pudiendo resistir su encanto, ella también hizo lo mismo.
Bajó sus ojos con timidez cuando sintió la voz de su madre a sus espaldas decir con vehemencia.
Roberto,¿volviste? Qué alegría me da verte, después de tantos años.
Se saludaron efusivamente.

Esta es Natalia, mi hija.
Natalia él es…Roberto…este… nos encontramos un día …cuando…ah…cuando, cuando me separé de tu padre.

Natalia la miraba estupefacta, queriendo saber algo más. El simplemente sonreía. Su madre prosiguió:
A los pocos días de conocerlo… se fue a Europa.       Desapareció totalmente.
¡Pero lo supiste! yo te lo dije, no huí como un bandido. Rió él dejando ver una dentadura impecable.
Si claro…Luego conocí a Carlos y ya sabes la historia.
Verónica, como me alegra que finalmente hayas encontrado la felicidad. Para mi también es una alegría encontrarte. No tengo más que felicitarte por la belleza de tu hija.
¿Quieren tomar un café? Podremos charlar un rato.
Natalia miró a la gitana buscando explicación, esta sacudió su cabeza afirmativamente, indicándole, con un guiño de ojo que todo estaría bien.
Una mueca nerviosa llenó el rostro atónito de Natalia. La gitana correspondió a ésta, con una sonrisa que dejó entrever un diente de oro. Los reflejos que partieron de su enigmática boca, igualaron con creces a los que titilaban desde los cazos de cobre.
Mientras tanto, en su mano derecha apretaba con fuerza, uniéndolas una frente a la otra, las dos estatuillas de madera.

Después de cuatro años, Roberto y Natalia regresaron a Uruguay, esta vez en compañía de sus dos hijos. Les llenó de orgullo poder presentárselos a sus familias.
Pero no todo era felicidad, Verónica, con un nuevo divorcio a cuestas, sentía cierta malestar por la felicidad de su hija.
Muy dentro de si misma, ella, tenía una gran atracción por Roberto. Le parecía que aquella parte de se vida había quedado inconclusa.
Su cabeza estallaba en interminables noches de insomnio. Varias veces estuvo tentada de hacer publico este sentimiento, pero no se atrevía a cometer una bajeza de tal calaña.
¡Quizás Natalia comprendería- se mentía a si misma- después de todo yo lo conocí primero!
Roberto por su lado, se había dado cuenta de los pequeños avances de su suegra y los ignoraba con mucha soltura. Estaba muy enamorado de Natalia y sus ojos solo existían para su familia.
Ella había sido un premio a su hombría de bien, después de haber tenido tantos desengaños.
Robertito y Claudia llenaban la vida de sus padres. Poseían el acento de su Barcelona natal, más la educación que cada día recibían hacían de ellos unos niños adorables.
Una tarde decidieron salir a recorrer Montevideo y pensaban llegar hasta el Paso Molino, el lugar donde se habían conocido. Se lo comentaron a Verónica y ésta puso el grito en el cielo:
¡Van a ir a ver esa gitana inmunda, lo que van a ganar es que les va a robar todo lo que tienen! ¿Como van a confiar en unas basuras como ellas? ¡Son todas iguales, ladronas, mugrientas!

Esta bien mamá, venimos mas tarde- dijo Natalia sin dejar de mirar el cielo abochornada.
Haciendo caso omiso de sus palabras salieron de la casa rápidamente.
Al llegar frente al cine, buscaron afanosamente. Los cazos de cobre estaban en el mismo lugar pero la vendedora que estaba allí, no era la misma de cuatro años atrás.
En cuanto se acercaron la joven gitana les dijo:
¿Ustedes son Roberto y Natalia, verdad, y ellos son Robertito y Claudia?
Ellos no cabían en sí de asombro.
No se asusten, mi abuela los describió tan bien que me parece que los conozco de toda la vida.
¿Pero ella, tampoco conoce a mis hij…?
Shhh…no busques explicaciónes donde no las hay- le susurró suavemente la mujer vestida con todos los colores.
Gracias a ella nosotros estamos … y queríamos agradecerle.
Ella sabía que ustedes vendrían y me pidió que les explicara donde encontrarla, ya tiene noventa y seis años, ¿lo sabían? Los está esperando.
Vive en la Costa de Oro. Tienen que ir caminando por la playa desde Salinas hasta Marindia, al terminar este balneario y antes de comenzar El Fortín de Santa Rosa, hay un monte de pinos gigantes, donde en su base monta un camino hacia la barranca. Suban los cuatro por ahí y al llegar a la cima encontrarán unas acacias en flor, ahí verán un cauce de arroyo seco. Allí, ella los espera en su choza.

Ni lerdos ni perezosos tomaron su auto y luego de manejar treinta y cinco minutos llegaron hasta el Obelisco de Salinas. Estacionaron, y tomando a los niños de la mano bajaron a la costa y caminaron hacia Marindia.
Al llegar al lugar indicado subieron por la pendiente. Arriba de la barranca, en la espesura, y hacia la derecha del camino, la divisaron sentada frente a unos leños ardiendo.
Varias ropas multicolores colgaban del techo de la toldería. Miraba las llamas como queriendo leer un jeroglífico indescifrable. Levantó sus ojos y los quedó mirando seriamente.
Al acercarse, ellos sonrieron nerviosos y ella hizo lo propio con una media sonrisa de bienvenida.
Los dos niños se acercaron sin miedo, tomaron las manos de la gitana con cariño, lo cual dejó perplejos a sus padres.
Esta les hizo señas que no dijeran nada, sacó de su bolsa dos collares de caracoles con cuatro cascabeles cada uno. Se los puso en el cuello a ambos ceremoniosamente.
Los llamó por su nombre, diciendo:
Son para ustedes, estos collares les traerán bendiciones toda la vida- los niños asintieron con el mayor respeto, sin comprender lo que la mujer les acababa de decir.
¿Pero, como supo sus nomb….?
Shhhhh, no importa Natalia, lo que si importa es que ustedes estarán juntos para siempre.
Se arrodillaron y le agradecieron la atención.
Ojalá pudiéramos ayudar a más gente, pero la gran mayoría no cree en nuestro poder- dijo con vos rasposa y eterna.
Luego de compartir algunas pocas palabras, se levantaron dispuestos a partir. Ella los detuvo un momento:
Tengo algo para ustedes también.
De la vivienda trajo una bolsa multicolor, tomó entre sus manos dos figurillas de madera más pequeñas y uniendo a las dos originales, las ató con un cordel rojo.
Las depositó dentro de un pequeño cazo de cobre y le roció un liquido verde de una botella azul. Un olor a incienso se levantó en el aire y llenó las fosas nasales de Roberto, Natalia y los niños.
La gitana agarrando los brazos derechos de cada uno, los unió mojándolos con el liquido verde, humeante y perfumado.
Vayan ahora -dijo solemne- vuestra familia estará protegida.
Se abrazaron los cinco, a pesar del insoportable olor a humo que la hechicera despedía y luego emprendieron la retirada hacia la playa. Los leños comenzaron a apagarse.
Dile a tu madre que no blasfeme contra mí, solo esta alimentando el odio- la escuchó decir Natalia estupefacta.
A llegar donde estaba el camino para descender, dieron la vuelta para despedirla una vez más.
Solamente encontraron la vegetación, las flores amarillas de las acacias, y el cauce seco del arroyo. Las tolderías habían desaparecido. Ni rastros de la vieja, su choza o el fuego.
No podían dar crédito a sus ojos.
¡Dime, por favor, que no estamos enloqueciendo!
¡No lo sé, no entiendo, no entiendo!
Transpirando descendieron. Robertito y Claudia lo habían hecho primero y los esperaban.
Caminaron hacia Salinas por la orilla del mar, iban tan absortos en sus pensamientos que no se animaban a hablar. Se negaban a hacer comentario alguno, no dejaban de mirarse sin explicación. Tenían miedo.
Robertito y Claudia corrían felices por la orilla.
Al hacerlo, la suave brisa les traía a sus padres el sonido alegre de cascabeles.

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En la Actualidad, Buby Aguirre

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