Entretenimiento

¡ Goleros eran los de antes!

Trabajábamos toda la semana deseando que se llegara el sábado y desde que salíamos de la fabrica a las once y media enfilábamos a la reunión semanal obligada en el Bar Los Patos. Allí nos esperaban los otros integrantes de la barra que venían de diferentes lugares, ese era el comienzo de la diversión del fin de semana; algo así como la comunión de la amistad. El único que no estaba contento era Juan Ramón, el cantinero. Rezaba para que no nos reuniéramos, no le gustaba trabajar mucho y su mal carácter salía a luz cuando le demandábamos variados aperitivos.

¿Por que no toman todos lo mismo? Espetaba enojado.

Éste hombre venía arrastrando una vida triste,  casado y divorciado, vivía con su  hermana, la peluquera del barrio. Habitaban una casita humilde por la mitad del pueblo. Juan Ramón había sido empleado de la compañía de ferrocarril donde se desempeñaba como un gran carpintero. Jamás estaba de buen humor quizás por acarrear el sufrimiento de la soledad del alma pero también el de intensos dolores en sus piernas. Sin lugar a dudas el trabajar de pie en un bar no lo ayudaba mucho.
Pero en aquellos años la picardía estaba a la orden del día y sabíamos que a él le gustaba una señora del barrio. La mujer lo había cruzado en la calle con una sonrisa  y el pobre, hambriento de cariño, se había hecho las más grandes expectativas. Con la maldad de la juventud escribimos una carta de amor fingiendo ser la dama en cuestión y la colgamos en el portón de su casa. El corazón casi le estalla de júbilo y su entrepierna dio un salto como solo lo dan los potros cuando hace rato que no brincan.

La enfrentó en la calle y la otrora sonriente señora no comprendió lo que escuchaba de labios de Juan Ramón. Terminó el pobre recibiendo un montón de disparates de la mujer enfurecida. Él nunca dijo ni una palabra al respecto porque los machos de aquella época, en el boliche, solo contaban las ganadas.
Entre la barra de amigos había algunos narradores a los cuales los escuchábamos embelesados. Aun sabiendo que la mayoría de sus historias no eran ciertas. Pero era realmente jocoso el constante contrapunto de anécdotas y vivencias riquísimas en humor y cariño.
La «Gata» Cabrera, personaje muy querido, contaba las historias detalladas con un despliegue formidable de humor y buen gusto.

Un sábado en particular nos deleitó con la siguiente:

«Mucho tiempo atrás en el pueblo había un boliche de ramos generales, cuyo dueño era un tal Trasande. Entre los concurrentes se había organizado un partido de fútbol, los perdedores pagarían el asado para todos. El encuentro quedó fijado para la mañana de un domingo venidero.
Construyeron una cancha de futbol en un campo situado entre las vías de trenes con dirección a Minas y a Punta del Este. Era un terreno bastante bajo donde había un tajamar y los teros revoloteaban de continuo. El día indicado amaneció húmedo y con una niebla espesa pero igual decidieron jugar el partido. Después de transcurridos unos minutos del encuentro la niebla era tan densa, que no permitía el correcto desarrollo del juego, simplemente los jugadores no se veían y menos se divisaba la pelota.
Se reunieron los dos capitanes y acordaron en suspender el partido hasta que la niebla se disipara. Decidieron mientras esperaban ir a beber al boliche para calmar el frío. Cada capitán avisó a sus jugadores y se encaminaron al bar con la sed que había despertado los pocos minutos del partido. Unas grapas con limón no le vendrían mal a nadie.

Había pasado casi una hora y estaban todos estaban disfrutando de la sabrosa y mareante bebida amigablemente cuando uno de ellos exclamó:
-¿Y dónde está Pedro? Nadie contestó mirándose unos con otros.
Pedro era uno de los goleros.
El capitán del equipo organizador sugirió a dos de sus amigos:
-¡Vayan hasta la cancha a ver si Pedro está aún allá!
Fueron caminando hasta la cancha y lo encontraron en el arco. Sus piernas ligeramente dobladas, con brazos abiertos como los de un mono, agazapado, como se ponen los goleros frente a un tiro penal; tratando de avizorar algo en la niebla, sus ojos se habían achinados por el esfuerzo.
-¡Pero Pedro!…¿ Vos estás todavía acá..? Vamos pal’ boliche que el partido se suspendió y estamos todos tomando grapa!
Pedro sacudió la cabeza e ingenuamente contestó:
-¡No me avisaron que se habían ido!
A mi me parecía raro…¡No podía ser que estuviéramos atacando tanto!»

 

Comments

9Shares