Entretenimiento

El sueño

El campo se veia intensamente verde y los árboles no movían sus hojas a pesar del viento. ¡Que raro! pensé.

Algo se avecina pero no puedo descifrar de que se trata. Sentía soledad pero no miedo, allí en aquel lugar, mal o bien era feliz. Mi estado de ánimo era de euforia y tristeza a la vez, me pareció inoportuno pensar que me estaba volviendo loco, pero fugazmente pasó por mi mente. Mi hija al descifrar mi pensamiento se dio vuelta rápidamente y cuestionándome, lanzó una carcajada divertida y vino a abrazarme para calmarme. Siempre me acompañaba en mis planeos por el mundo, ahora sería imposible dejarla atrás, tenía que venir conmigo. El viento comenzó a soplar más fuerte y era lo que estábamos esperando. En un abrir y cerrar de ojos me vi volando a una altura media, seguido de cerca por ella. Curiosamente planeaba con mis pies hacia delante, cuando ella lo hacia opuestamente. ¿Por qué me pasaba esto?

Normalmente cada vez que navegaba, lo hacía como los pájaros. Ella era la más osada, la que me  guiaba y explicaba cuales eran los vientos favorables para subir y cuándo se avecinaban las corrientes frías para descender. Dialogaba conmigo sin mover los labios, disfrutaba al máximo de su propia experiencia y con una sonrisa de seguridad me daba a entender que estaba en completo control de la situación. Cada cien metros me miraba para verificar si mi planeo estaba en orden a pesar de ir al revés. Al entrar en una nube blanca como la luna me envió su parecer. Teníamos que salir de allí pues había torres de electricidad en la zona y esto le producía preocupación.
¡Siempre son peligrosas!
A pesar de poseer una luz roja es su mástil más alto, era tremendo el riesgo que corríamos si las atropellábamos. Al divisar la cuenca del arroyo Pando supimos que era tiempo de regresar. Mirándonos comenzamos a virar a estribor. Un viento con llovizna helada nos mojó las caras y sentí un escozor en mi nariz debido al salitre inminente que había en el aire.
¡Cómo podíamos haber ido tan lejos!
Estábamos llegando a la unión de la desembocadura del Pando, en el abrazo del arroyo con el mar. Al doblar hacia el este recibimos el empuje de una correntada de aire caliente que comenzó a hacernos subir. Nos pasamos del destino por varios kilómetros. Teníamos que controlar la subida, lo hacíamos con cautela no queríamos trepar en demasiá pues teníamos miedo que nos faltara el oxígeno. Las luces de Atlántida se veían a lo lejos. Comenzamos a descender cerca del Fortín de Santa Rosa virando lentamente en una curva de medio kilometro hacia Montevideo. Veo con temor que me avecinaba vertiginosamente a un monte de eucaliptos.

Por alguna razón inexplicable no podía dominar mi propio cuerpo; curiosamente me pasaba a mi, que me vanagloriaba a cuatro vientos de poseer un gran control sobre mi mismo. Los árboles avanzaban hacia mi encuentro, a pesar de no creer en el destino y sus circunstancias solicité ayuda. Pedí por favor que alguna fuerza me ayudara a virar, prometí no vociferar de donde provendría en caso de recibirla. Y allí en el medio de la nada y a escasos 50 metros de la primera fila de árboles, mi cuerpo giró 180 grados y quedé con la cabeza hacia delante. El miedo se disipó y ya supe que podría continuar mi planeo.
Valeria que volaba más adelante regresó en mi ayuda. Me guió entre los arboles hasta que atravesamos el monte completo. Ni un rasguño apareció en mi cuerpo o el de ella. La admiré viendo su cabello rojizo al viento y no deje de admirar la cuantiosa belleza de mi hija en el espacio. Me hizo señas para que mirara hacia mi derecha y me di cuanta que ya quedaba poco para llegar.

A trecientos metros debajo nuestro, unos caballos pastaban a pesar de ser casi de noche, ni se inmutaron por los silbidos producidos por la fricción de nuestros cuerpos en el aire. Ya se divisaban las pocas luces de la entrada de nuestro balneario
Al sobrevolar el arco de Salinas vimos con asombro que en el techo de una casa alguien había pintado:
¡Bienvenidos a casa!

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