Entretenimiento

El mejor

¡Había que verlo todas las mañanas cuando se levantaba con su entusiasmo característico, su camisilla de hilo blanco sin mangas y su pantalón marrón! El pelo peinado hacia atrás hacia creer que por más viento que soplara, ninguno sería lo suficientemente valiente como para mover un solo mechón de su lugar original. Yo no podía imaginar cómo estaba motivado para comenzar la tarea, si hacía solamente unas horas que había venido de su trabajo diario. Apenas descansaba y se levantaba al poco rato de haber llegado. Hasta cuando había pasado la noche en el descarrilo del tren de ganado, allá por Rocha. Dormía un par de horas, y eran suficientes para que despertara con aquel ánimo inquebrantable.
Al escuchar los pasos, me tapaba con la frazada para no sentir su llamado. Se arrimaba a la cama despacito.
Ya sabía que estaba despierto. ¡con todo el barullo que había hecho! Nadie osaba decirle acerca de la imposibilidad de dormir.

Cuando tomaba por asalto la cocina movía cuanto cacharro encontraba. Cambiaba la caldera de hornalla, enjuagaba el hervidor para mi leche aunque estuviera limpio en la alacena. Abría las puertas del placar gris y las cerraba con fuerza, como para asegurarse que nunca más tuviéramos la necesidad de abrirlas nuevamente. Los golpes secos que emitía la puerta de la cocina al cerrarse despertaban hasta los más cansados durmientes de la vía férrea, que distaba solamente treinta metros de donde vivíamos.
Temblaba la casilla de chapas cuando el tren pasaba, pero también lo hacía, cuando él se enojaba. Si se quemaba un dedo con un fósforo traidor una maldición aparecía en la mañana fresca. Pero todo ese huracán se calmaba al aproximarse a mi cama.
M’ijo, es la hora de comenzar la jornada— susurraba acariciándome.

¡Pero, papá , si hace tan poquito que me acosté!
¡Dele, dele, vaya a lavarse la cara, hace años que está durmiendo! Ya tiene pronto el café con leche calentito, el pan y la manteca.
Con las piernas pesándome como una obligación me encaminaba hacia el baño.
¡Vamos, vamos… ponga un pie frente al otro y dé un paso, después haga lo mismo con el opuesto y llegará mas rápido, el trabajo nos espera y los gallos tienen hambre!
¡Ya voy, ya voy, no me apure, viejito, no me apure!
Sacudía su cabeza y venía un abrazo sin igual munido de su beso en la frente con aquel olor a persona recta, a padre ejemplar, a hombre de bien.
Enfilaba hacia la luz de mi destino, la puerta amarilla del baño. La caja del suplicio para un niño de nueve años. Allí era donde había que lavarse la cara, bañarse en invierno y llorar cuando me portaba mal.

De ojos cerrados sabía de memoria los movimientos y hasta los sonidos que seguirían mi marcha hacia el despertar… el ronquido quejoso de la puerta al abrirse, el ronroneo de la canilla con el cuerito vencido, que dejaba escapar un silbido simpático cuando el chorrito fugaba inesperadamente por un lado inesperado, te mojaba los antebrazos y morías de frío. El sonido del tropel desbocado que emitía el agua del inodoro al partir después del remolino que todo devoraba, el murmullo juvenil del agua nueva y fresca llenando nuevamente y en las alturas a la solitaria cisterna gris, amurada huérfana contra el techo incoloro.
Y a pesar de no poder abrir mis ojos… veía las imágenes.
¡La toalla!…sabía de memoria dónde estaba, había una sola para toda la familia. La de turno ya estaba como un lienzo estirada con las imágenes impresas en humedad de la cara de mi padre.
Después de lavarme salía y lo veía por la ventana. Entraba a la troja con dos bolsas de arpillera a cargar los maíces; la desgranadora negra, sola y hambrienta esperaba con dientes de hierro y  apetito voraz la comunión de padre, hijo, trabajo y amor.

Bueno, m’ijo terminamos por hoy, aquí tiene unas moneditas para el cine y algunos chocolatines, no gaste plata de gusto, ¿me oyó?… y muchas gracias por su ayuda.
¡Sin usted no hubiera sido capaz de haberlo logrado!
Solamente en esos momentos me hablaba de usted, como hablan los hombres grandes, lo hacía para enfatizar y contagiarme su hábito de trabajo.
Hoy vuelvo a descubrir muchas de sus enseñanzas, como tantas veces lo hice a lo largo de mi vida. Su imagen, las llevaré conmigo para siempre. Perdurará grabada en el tiempo y en el alma al igual que el manto sagrado.
Fui afortunado pues recibí de ese hombre ejemplar todo el amor que un hijo puede guardar en su corazón.
( Nota del autor ) Invaluable fotografía de mi padre, Edmundo Aguirre  con su nieto, Guillermo Aguirre.

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