Viajes

Circuito altiplano boliviano – Desierto de Atacama – Chaco

Tercer tramo – Iquique

Así es que “me atreví” a tocarme la frente para entender un poco mejor la razón del calor allí, en esa zona, pero igual «algo raro» pasaba, porque el contacto que hacía la piel de mi mano sentía que tenía una especie de filtro antes de tocar mi frente.
Moví varias veces mis dedos por el área de mi frente, porque realmente me costaba entender si estaba vivo o muerto, hasta que, después de mucho insistir en esto, me di cuenta que si estaba vivo y el calor que sentía era un tímido rayo de sol que se filtraba por la ventana de mi auto desde entre las montañas y me daba exactamente en mi frente.
Por supuesto que fue una gran alegría para mi darme cuenta que estaba vivo (a esas alturas y en abandono son muchos los que se mueren sin que nadie sepa de ellos por mucho tiempo), me bajé del carro, estiré las piernas, caminé, grité a todo pulmón aún sabiendo que nadie me escucharía, corrí y todo lo que era posible en mis limitadas condiciones.
De a poco, empecé a volver a la realidad, y esto implicaba que mi carro estaba tirado ahí sin funcionar obligándome a permanecer en ese punto hasta que algo sucediera que me permitiera continuar mi camino.
Después de unas dos horas de espera, sentí a lo lejos el ruido de un motor que trepaba la montaña, pero sin saber exactamente de donde venía, por lo que no me quedaba más que esperar.
De repente, doblando una curva apareció un camión con placa boliviana, que en un principio, pareció que seguiría de largo, pero menos mal que me equivoqué, porque se detuvo al tiempo que el conductor y su ayudante me preguntó en qué me podían ser útiles.
Les expliqué cual era la situación, ellos se bajaron, abrieron el capot de mi auto, metieron sus cabezas en el motor, movían cosas, hasta que después de unos diez minutos me dijeron dele marcha, lo que por supuesto hice, y para mi gran alegría el motor empezó a dar muestras de vida otra vez, y a pesar de que era con algún grado de dificultad, anduve unos metros en una bajada hasta que el motor “ya tomó más confianza” estabilizándose de tal manera, que pude continuar mi camino no sin antes agradecer a mis ángeles que, literalmente, me habían caído del cielo.

 

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