Entretenimiento

“Chingolito”

Entré al almacén decidido, esgrimiendo la mejor arma: mi sonrisa.

“Chingolito” me esperaba afuera sentado en el puentecito de hormigón que cruzaba la cuneta. Como siempre lucía pedazos de su camisa por afuera del pantalón corto, tiradores gastados y unos zapatos que eran, sin lugar a dudas, heredados de uno de sus hermanos más grandes. El zapato derecho tenía la suela despegada y por allí se asomaban curiosos algunos dedos sucios del pie. El pelo —alborotado, rebelde, desordenado—tampoco había visto jabón desde hacía unos cuantos días. En la mitad de su cabeza, los pelos marrones, salían desperdigados en todas direcciones.

Parecía que se había peinado con un cuete.
¿Qué andás buscando, enano, tan temprano? —espetó el bolichero con el lápiz en la oreja.
­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­Hola Mario, ¿me prestás dos bolsas de arpillera? Dentro de un rato te las traigo.
¿Que van a hacer?… ¿A robar uvas al viñedo del gringo Orún?
No, Mario, es para jugar unas carreras de embolsados con el “Chingolito”.
Andá al fondo del almacén y elegí las mas limpias, pero… tráelas de vueltas, ¿eh?

Guiñando un ojo y dando las gracias salí con las bolsas bajo el brazo. Cruzamos la calle, saltamos el murito y nos metimos en el patio de la escuela, rumbo al pasto de la canchita de futbol. El sol de la tardecita ya estaba bostezando las seis de la tarde.
Estuvimos jugando por un rato largo.
El “Chingolito” era el más hábil  a pesar de ser el más enclenque, me ganó todas las carreras. Yo siendo un poco más fornido nunca pude llegar primero. Me caí infinidad de veces. Luego de terminado el juego, optamos por sentarnos debajo de los paraísos, al lado de donde estaban las barras paralelas y el tobogán, allí contra el gallinero de la casa lindera de mi padre.
De pronto el “Chingolito” me dice:

¿No me podés conseguir un poco de azúcar de la casa de tu viejo?
Era un niño pedigüeño… un pedazo de bizcocho, una mordida de manzana, una lamida de helado, dos bolitas… siempre necesitaba algo.
Pero me sorprendió esta vez su pedido.
¡Azúcar…! Chingolito, ¿ y pa’ que querés azúcar?
En casa precisamos-  fue su sombría respuesta.
A los pocos minutos regresé. Del tarro de la cocina le traje un poco de azúcar en un papel de estraza y se marchó.
Antes de separarnos le repetí la pregunta, mientras doblábamos las bolsas para devolverlas.
Y en el más completo silencio, dos lágrimas descendieron por sus mejillas y se fue corriendo. Regresé a casa apenado, le conté el incidente a mi padre y el viejo sentándome en sus rodillas me dijo:

“A veces la vida es cruel… y cuando llega la noche el agua con azúcar llena la panza de un niño, calma el apetito y ayuda a que venga el sueño… Me dijeron que el papá del “Chingolito” está otra vez sin trabajo”.
No en vano me ganó todas las carreras, desde muy niño él ya estaba acostumbrado a andar día a día haciendo equilibrio, agarrándose de donde podía para no caer.
Querido amigo, he recordado tu ejemplo muchas veces, a lo largo de los años, el hacerlo, me ha motivado a ser un agradecido con la vida, quizás nunca llegue a tener tu entereza, pero te prometo… que en tu honor…
¡Lo intentaré siempre!

(Nota del autor: “Chingolito” es un nombre ficticio que elegí para mantener anónima la identidad de uno de mis inolvidables amigos de la niñez)

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En la Actualidad, Buby Aguirre

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